Ansiedad e indefensión aprendida ¿cómo se relacionan?

La indefensión aprendida nos hace entregar por completo el control de nuestra vida. Ese fatalismo y sensación de falta de control está en muchos casos en la base de los trastornos de ansiedad.

Ansiedad e indefensión aprendida suelen ir de la mano. Son situaciones en las que asumir que hagamos lo que hagamos, nuestra situación no va a cambiar. Es entender que el sufrimiento y el malestar son inherentes a nuestra vida y que cualquier intento por solucionar o cambiar nuestra realidad, caerá en saco roto y en el abismo de la inutilidad.

El término de la indefensión aprendida fue acuñado por los psicólogos Martin Seligman y Steven Maier en los años 60 y desde entonces, vemos como dicha entidad se filtra en múltiples áreas de nuestra existencia. Es el ingrediente, por ejemplo, de esas relaciones de pareja en las que se inscribe el maltrato. La víctima asume que no tiene control alguno sobre la situación y que cualquier intento por salir de ese vínculo no sirve de nada.

Asimismo, y desde un punto social e incluso antropológico, la idea de que “haga lo que haga no va a cambiar nada” es casi como un mantra en muchos ámbitos de nuestra sociedad. Reaccionar de manera pasiva ante los eventos de nuestro entorno nos supedita a un estado vegetativo en el que dejar de actuar como agentes transformadores.

Lo peor de todo es que aparece en nuestra mente la sombra del fatalismo y la negatividad.

Ansiedad e indefensión aprendida, la cara de una misma moneda

Cuando vemos que la ansiedad e indefensión aprendida aparecen juntas en una persona, solemos darnos cuenta de un fenómeno. Es muy difícil brindar ayuda y avanzar en la terapia cuando alguien está instalado en la inmovilidad, cuando acepta que su estado es inevitable e inmutable. Esta visión hace que muchos pacientes rechacen el plan de intervención que les proponen los profesionales. Su hilo de pensamiento es lógico, el problema es que la premisa inicial es errónea.

Por otro lado, esa vinculación entre los estados de ansiedad y la indefensión también es recurrente en el ámbito escolar. Son muchos los niños, por ejemplo, que asumen su baja competencia en matemáticas u otra asignatura. Se dicen a sí mismos que hagan lo que hagan van a suspender. El miedo, la ansiedad y la sensación de falta de control están en la base del fracaso escolar.

Estudios, como los realizados en la Universidad de Florida, evidencian ese doble vínculo entre ansiedad e indefensión aprendida que se ve con tanta frecuencia en el área infantil y juvenil. Lo más complejo de todo es que cuando ese estado de impotencia aprendida aparece a edades tempranas, es muy probable que se acabe arrastrando en etapas adultas.



Desamparo aprendido y trastorno de ansiedad generalizada

El trastorno de ansiedad generalizada (TAG) se define por un estado de preocupación constante, por sobredimensionar cualquier pequeño problema, alimentar ideas irracionales, por sufrir fobias y una gran cantidad de sintomatología física (taquicardias, agotamiento, tensión muscular, etc.).

Buena parte de estas condiciones psicológicas acompañan al paciente durante años o incluso décadas. Son situaciones de elevado desgaste psicológico que a menudo tienen su origen en la infancia. Una crianza basada en una falta de apego seguro siembra una sensación profunda de desamparo aprendido. A los pocos años, ya asumen que sus necesidades no van a ser atendidas.

Así, y a medida que estos pequeños crecen, entienden que sus realidades no se pueden cambiar. Integran la idea de que, hagan lo que hagan, lo que les sucede escapa a su control, que todo esfuerzo es inútil y que pocas cosas acaban sucediendo a su favor. Todo ello va asentando los cimientos de la angustia, que viene mediada a su vez por un cerebro que perfila esa relación entre la ansiedad y la indefensión aprendida.

La amígdala es más reactiva, se anticipan peligros de manera constante. Asimismo, se evidencia una activación más baja tanto en la corteza prefrontal y en el córtex del cíngulo anterior. Todo ello hace que cueste tanto promover adecuadas estrategias de afrontamiento, resolver problemas de manera proactivo o aplicar un juicio más optimista.

¿Por qué veo el mundo de este modo y siento que no puedo cambiar nada?

Vivir con el filtro de la ansiedad e indefensión aprendida provoca que derivemos en tres tipos de comportamientos.

  • Falta de motivación para hacer frente a las dificultades cotidianas, para emitir nuevos pensamientos, conductas y estrategias de afrontamiento.
  • Déficit cognitivo para aprender de nuestros errores, para ser creativos y pensar en nuevas ideas, para focalizar la atención, reflexionar, resolver problemas… La mente está atenazada por distorsiones cognitivas y enfoques claramente irracionales.
  • Reacciones emocionales supeditadas al miedo, a la negatividad y el fatalismo.

Todas estas dinámicas actúan sin duda intensificando los estados de ansiedad.

Ansiedad e indefensión aprendida ¿cómo se trata?

Es importante recibir ayuda profesional. Cuando vivimos mediados por este filtro, por esta capa psicológica conformada por la indefensión, por el mantra de “todo es malo”, “haga lo que haga no servirá de nada”, “esto no tiene solución” es muy fácil que pasemos de la ansiedad a la depresión mayor.

Necesitamos comprometernos en la terapia y en nosotros mismos, en trabajar por nuestro equilibrio y bienestar. La indefensión se alimenta del miedo, se nutre del sentimiento de inutilidad y de la culpa que termina en la inacción. Romper este círculo vicioso es algo que puede lograrse, por ejemplo, mediante la terapia cognitivo-conductual.

En este caso, lograremos poco a poco, desactivar y contrarrestar los instintos de impotencia aprendidos para reemplazarlos por pensamientos más racionales y sobre todo, optimistas. Tengámoslo en cuenta, el cambio siempre es posible y, con él, nuevas y mejores formas de existencia.

Este artículo ha sido escrito y verificado por la psicóloga Valeria Sabater

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