¿Es verdad que los enfados afectan a la salud?

Todos tenemos derecho a enfadarnos, pero hay quien por su carácter irascible necesita de muy poco para responder con ira. Ahora bien, estas personas deben saber que la mala gestión de sus emociones puede acabar pasándoles factura de muchas formas. Las analizamos.

¿Es cierto que los enfados afectan a la salud? Todos conocemos a alguien así, los adictos a la ira, los que ven diez problemas en cada solución, los que lejos de atender a razones se dejan llevar por la adrenalina de las sinrazones. ¿Tienen quizá esas personas un riesgo mayor de sufrir, por ejemplo, un ataque cardíaco? ¿Es verdad también que pueden padecer más migrañas?

Los datos al respecto de la posible relación entre la ira, los enfados y el malestar fisiológico suelen coincidir: hay evidencias. Todo estado emocional de gran activación genera un impacto. Es más, para comprenderlo mejor podríamos usar la metáfora de una ola golpeando una roca de la playa.

Una embestida puntual no generará ninguna alteración en la superficie de esa piedra. Como tampoco nosotros mismos notaremos nada si, en un momento dado, perdemos los papeles y nos dejamos llevar por ese enfado ocasional en el que levantamos la voz más de la cuenta y sentimos el pinchazo de la rabia. En cambio, no ocurre lo mismo en esas personas que, por lo general, necesitan muy poco para enfadarse.

Se trata de personalidades irritables, perfiles que saltan a la mínima con una avidez tremenda para iniciar una discusión y derivar al poco en un estado de gran activación. En estos últimos casos, en su interior hay un océano tempestuoso en el que las olas golpean una y otra vez la costa y las rocas alterando todo ese escenario.

Los efectos sobre la salud son por tanto inevitables.



Los enfados afectan a la salud solo si son frecuentes

Hay un aspecto que debemos tener claro en primer lugar: enfadarse no es malo. La ira, la rabia y el desconcierto que podemos sentir en estas situaciones tampoco son, por sí mismos, emociones que debamos evitar o reprimir. Toda emoción por sí misma tiene una finalidad; de hecho, hay momentos en los que es lícito y comprensible sentirnos contrariados y evidenciar nuestro enfado.

La clave está en saber controlar dichas situaciones y orientar la emoción hacia un comportamiento adecuado. Para entenderlo mejor pondremos un ejemplo. Tenemos un compañero de trabajo que no cumple sus tareas. Su dejadez hace que nosotros nos veamos sobrecargados al tener que realizar, en muchas ocasiones, labores que no nos corresponden.

Esto hace que no cumplamos de manera correcta con nuestra función. Al final, llega ese instante en el que terminamos reaccionando llevados por el enfado. Sentimos rabia y frustración, pero manejamos esas emociones con un fin: hablar de manera asertiva, firme y segura con esa persona para dejar en evidencia que esa situación no puede continuar.

Por tanto, los enfados tienen una finalidad: resolver lo que molesta, encarar injusticias y recuperar la homeostasis. Ahora bien, la personalidad irascible y esos perfiles que hacen de los enfados su rutina evidencian una deficiente gestión emocional. Todo ello les termina pasando factura a nivel de salud. Veamos más datos.

La presión arterial, el principal factor de riesgo

Howard Kassinove es profesor emérito de psicología clínica y director del Instituto para el Estudio y Tratamiento de la Ira y la Agresión en Universidad de Hofstra, en Nueva York. Uno de sus trabajos más destacados es Trastornos de la ira: definición, diagnóstico y tratamiento.

En sus investigaciones se ha encontrado con frecuencia ese patrón de personalidad en el que se evidencia una incapacidad absoluta para controlar aspectos tan comunes como la contradicción o la incertidumbre. El hecho de que las cosas no sean como ellos quieren, les frustra y les enciende. Cuando alguien les contradice no pueden equilibrar el oleaje de sus emociones.

De este modo, algo que señala el doctor Kassinove es que el problema surge cuando hacen de su ira un estilo de vida. Al final, los enfados afectan a la salud y lo hacen a través de un elemento desencadenante: la presión arterial.

  • Los enfados, así como la propia ira, no provocan por sí mismos ninguna enfermedad. No son desencadenantes, son mediadores.
  • Lo hacen de forma indirecta solo en caso de que esos estados de elevada activación emocional y fisiológica sean constantes. La elevada frecuencia cardíaca y la presión arterial acaban generando daños al músculo cardíaco.
  • Por otro lado, y como efecto de la hipertensión, se pueden padecer cefaleas, migrañas, mareos, etc.

Los enfados afectan a la salud psicológica

Sabemos ya que los enfados afectan a la salud cardiovascular. Ahora bien, en realidad, en el área donde tienen mayor impacto estas emociones desbocadas y no gestionadas es en el ámbito psicológico. Sabemos que, por término medio, pueden generar las siguientes secuelas:

  • Fatiga mental y dificultad para concentrarse. La mente se focaliza de forma obsesiva en eso que les frustra y ya no atienden nada más. Las emociones les nublan y cada vez van perdiendo mayor capacidad para reflexionar, solucionar problemas, etc.
  • Las personalidades irascibles tienen, además, un riesgo mayor de experimentar trastornos de ansiedad y depresiones. La mala gestión emocional, sumada a menudo a la baja autoestima que actúa de manera reactiva y agresiva para defenderse, termina pasando factura.

Asimismo, y no menos importante, tampoco podemos olvidar que estas personas acaban ganándose enemistades y amargas diferencias. Pueden acabar perdiendo a personas cercanas debido a su carácter y este hecho les socava anímicamente. Todo ello impacta de manera notable en su salud psicológica.

¿Hay alguna estrategia para manejar estos estados?

Hace unos años, en la Universidad de Aberdeen, en Escocia, se llevó a cabo un interesante estudio. En vista de que los enfados afectan a la salud y pasan factura al equilibrio psicológico, se procedió a diseñar un programa para tratar estas realidades. Así, y a lo largo de varios meses, se procedió a dar estrategias a un grupo de personas.

Estas claves se orientaron hacia las siguientes áreas:

  • Manejo de las emociones.
  • Regulación de la ira y la frustración.
  • Habilidades de comunicación y asertividad.
  • Habilidades sociales y de interacción.
  • Resolución de problemas.
  • Inteligencia emocional
  • Reducción de los pensamientos rumiantes.

Después de realizar este programa se hizo un seguimiento a lo largo de varios años. Así, algo que pudo verse es que no solo mejoró la salud cardiovascular; además, el buen manejo de las emociones y los enfados optimizó la salud mental, en especial la de los adultos de edad más avanzada.

Como podemos ver, saber enfadarse de manera emocionalmente inteligente, optimiza nuestra calidad de vida. Trabajemos por tanto en este aspecto.

Este artículo ha sido escrito y verificado por la psicóloga Valeria Sabater

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